La
hipernave tubular descendió en el rojo
planeta inhóspito, los foráneos astronautas se deslizaron en la superficie; millares
de piedrecillas eclipsaban en un pequeño lago de agua descongelada, detrás de
los penachos rocosos. En las cumbres
puntiagudas de la cúspide montañosa dormía el sol que se apagaba junto a los
planetas hermanos.
Un
astronauta caminó por la orilla del lago, y enseguida sitio que algo se
introducía por la bota espacial, se asuntó inmediatamente, y se devolvió a la
nave a toda prisa, cuando se despojó de su bota, pudo palpar su pie izquierdo y
sentir una protuberancia, descolgó un cuchillo laser e hizo un corte vertical;
una especie de anélido parasitario se había introducido debajo de su piel, sin
siquiera sentirlo. Extrajo la lombriz y la puso en una probeta encapsulada. El
astronauta cerró la herida y se quedó un buen rato observándola; pero un dolor
punzante comenzó a brotar de su pie; cogió en fonovisor deprisa y avisó a su
compañero que aun exploraba el planeta:
-Guillermo
¿Me escuchas? Algo se introdujo en mi pie, es una especie de parásito del lago,
en los montículos, lo encapsulé en una probeta, ¡Me escuchas! ¿Estas por allí?
Pero es
astronauta no respondió al llamado.
El
dolor aumentó profundamente, la enfermedad no daba tregua al astronauta y no
sabía cómo reaccionar, un leve enrojecimiento comenzó a esparcirse por todo el
pie, la inflamación espantosa y la hipersensibilidad de su piel lo inmovilizó;
primero se le produjo un halo verdoso amarillento alrededor de la herida, tal
como el efecto de una toxina; después una mancha sanguinolenta rodeó la
inflamación y se tornó violácea, el astronauta pensó -¿En cuánto rato más
llegará Guillermo? –, insistió en llamarlo por el fonovisor, pero no obtuvo
respuestas. Estaba entrando en un proceso lento y paulatino infeccioso, y cada
vez se hacía más irreversible e intolerable el dolor, y de un momento a otro el
astronauta sintió una puntada que irradió desde el pie hasta su cadera; hizo
una mueca de espanto y luego dio un grito profundo y aterrador; ya casi no
podía mover nada de su pierna, y sintió una fiebre ardiente que lo quemaba
desde el mismo averno. El astronauta estaba desesperado, ahora la hinchazón era
aún más grave, su piel estaba tan tirante como un globo a punto de estallar y
una pequeña abertura rajo su piel, una arteria cedió lanzando un chorro de
sangre morada y putrefacta; el astronauta sintió náuseas y vomitó hacia un
costado y luego exclamó:
-¡Guillermo!
¡Guillermo! Contesta por amor de Dios –vociferó desesperado mientras su pierna
se despedazaba.
El
astronauta pensó en un momento, en su familia y en sus hijos, e imaginó un
sendero verdoso y un riachuelo de diáfanas
aguas cordilleranas; luego la imagen se esfumó y la abertura de su
pierna se abría cada vez un poco más; intentó mover su pierna hacia la derecha
de la camilla, pero un espasmo muscular lo impidió; sintió sed y deshidratación
por las sales del vómito, y la garganta con gusto a metal secó su áspera
lengua; luego la imagen de un desierto rojo, un lago negro, miles de lombrices
parasitarias emergían en las profundidades, entre pequeños volcanes que
eructaban burbujas de azufre, pero un ruido lo despertó; la lombriz yacía en la
probeta serpenteándose como una horrorosa culebra marina –pensó, ¿quizá quiere
escapar? –; pero luego recordó que todo era un sueño o quizás no, y todo era
confusión…, zamarreó su cabeza y se inclinó, vio su pierna necrótica y
putrefacta, ya no sentía dolor, y la verdad ya ni le importaba, el tajo de la
inflamación recorría toda la pierna hasta la cadera; volteó para ver la
probeta, pero la lombriz no estaba, había desaparecido, ¿Estaré soñando otra
vez? –Se preguntó–, la palma de sus manos se tornó amarillenta y su pierna
derecha comenzó a inflamarse, se sentía débil, pero aún tenía fuerzas, intento
un segundo llamado:
-¡Guillermo!
¿Estas allí? He perdido una pierna amigo, todo se fue al demonio, no podré
volver a la tierra, si vuelves a la nave, asegúrate de que mis restos sean
cremados, no volveré a mi hogar con este maldito parásito del demonio, mucha
suerte amigo.
Esperó
unos minutos, pero Guillermo no contesto.
La
imagen de su primer cohete de juguete volvió de la infancia a su cabeza, eran
otros tiempos, y soñaba en conocer otros mundos, lugares mágicos y se sintió
aliviado por un momento…, pero enseguida, un nuevo ruido lo alertó, la lombriz
en la probeta serpenteaba nuevamente, lo hizo con tal fuerza que la probeta
cayó al suelo y se quebró, la lombriz comenzó a deslizarse lentamente hacia la
camilla del astronauta, el hombre miró horrorizado al espantoso animal, intento
deslizarse y tomar el arma láser, pero estaba muy lejos; la lombriz subió por
las patas de la camilla y se dirigió a su pierna, se detuvo, un instante, como
si olfateara la podredumbre del miembro.
-¡Nooooo!
–Gritó el astronauta– ¡Aléjate! ¡Maldito gusano!
El
parásito escarbó como un topo en la pierna del astronauta y se introdujo con
rapidez, el hombre apretó sus dientes hasta quebrarlos de dolor…, de pronto, el
sonido metálico de la escotilla lo alerto.
-¡Guillermo!
¿Eres tú? ¡Ayúdame amigo! –Sollozó el astronauta desesperado –, mira lo que me
han hecho Guillermo, nunca debimos venir aquí, no quiero morir en este planeta.
Se escuchó el sonido de unos pasos, pesados y
marcados, que vibró en el suelo y la camilla.
-¡Ven
amigo! –Lloró el astronauta –, estoy destrozado, no permitas que estos
parásitos lleguen a la tierra.
El
suelo tembló aún más con cada pisada, el astronauta apenas podía mantenerse
despierto y solo vio la silueta de su amigo acercándose
Guillermo
se inclinó y observó el pie del astronauta, luego se acercó a su torso, el
hombre respondió con un abrazo desesperado…, pero Guillermo estaba estático, y
su rostro amarillento y sin expresión alguna, el astronauta lo miró aterrado y supo
lo que sucedía; Guillermo abrió la boca y en su interior un nuevo espanto
nacería…
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