1
LA
COLONIZACIÓN
Cristian Afrodakis, científico y geólogo lunar,
habitaba la luna ya hace más de una década junto a su esposa y pequeño hijo
Demetrio. Desde el periodo de colonización las bases lunares alcanzaron su
apogeo y los terrícolas comenzaron a poblarla constantemente. Naves de gran
magnitud llegaban desde la tierra todas las semanas con toda clase de
implementos de construcción y abastecimiento general.
-“En la luna el sol no aparece a menudo” –pensó Cristian para sus adentros, mientras manejada
una probeta en el laboratorio –. “Es más, Hay cosas que suelen suceder sin
explicación alguna, las cosas han cambiado mucho desde que empezamos a colonizar”…
El laboratorio estaba construido de un material
ligero, un techo cristalizado y transparente; la casa lunar estaba compuesta de
tres habitaciones, un living transformable y un comedor con una bella vista a
la tierra.
Afrodakis era un buen padre de familia, un geólogo
conocedor de la superficie lunar, se ha dedicado a recorrer sus mares con
admirable cosmovisión y ha analizado todo tipo de hallazgo desde algunos
años. Su hijo, el pequeño Demetrio contemplaba a su padre ocasionalmente en el laboratorio,
y de vez en cuando, lo ayudaba con los instrumentos de análisis y el ordenador
temporal, Demetrio alucinaba con las bellísimas piedras lunares.
Cristian era un tipo alto de ojos negros y pelo
castaño, su aspecto de corpulencia acompañaban su altura; habitualmente usaba
su traje estelar para protegerse del sol y del viento o cualquier imprevisto
que sucedía en cada expedición.
Angélica Cleo, su tierna esposa preparaba la cena
en cada ciclo lunar del periodo de oscuridad.
-¿Iras de expedición mañana? –Preguntó Cleo
mientras servía el pollo frito y papas en los platos –, ya has visto gran parte
de los mares lunares, el de la “Fecundidad”, el de la “Serenidad”, quizás sea tiempo de conocer otros lugares. –Dijo
Cleo pensativa.
-Lo he pensado muchas veces, ya conozco casi todas
las planicies de aquellos mares, debo investigar el resto de las planicies más
elevadas.
-¿Te refieres a las planicies de Tycho y Clavius?
¿Dónde están los sectores más montañosos de la luna?
-Oh sí, Creo
que ya es tiempo de investigar nuevas rocas, más allá de los límites de la
comunidad, iré cerca de las cadenas montañosas “Apeninos”. He tenido
información de la tierra y dicen que ya
es posible explorar y recorrer otros parajes –dijo Afrodakis mientras se
llevaba un trozo de pollo a la boca.
-¿Qué son los Apeninos papá? –preguntó el niño con
su boca llena.
-Son una cadenas montañosas que se encuentran en la
tierra, las descubrió Galileo Galilei en la superficie lunar, y desde entonces
tienen ese nombre.
El niño miro hacia el cielo, mientras su padre le
explicaba con angustiosa serenidad, que solo un científico dedicado y
experimentado puede entregar.
-¿Entonces, pedirás la autorización para la
exploración? –insistió Cleo
-Si querida. Mañana por la mañana me comunicaré con
la base Galilea “Tierra”
-¿Puedo ir contigo papá? –Preguntó Demetrio
moviendo sus manos alentándose, su madre ordenó con su mirada un poco de
tranquilidad.
-Esta vez no Demetrio, pero te prometo que una vez
acabada la exploración te llevaré para que conozcas los Apeninos.
El niño se quedó mirando a su padre con los ojos
brillantes y aceitunados. Respondió con un: “Gracias Papá”, mientras engullía
glotonamente su trozo de pollo.
2
EL HALLAZGO
A la mañana siguiente Afrodakis se dirigió a su
laboratorio y prendió el monitor con conexión directo a la tierra.
-¡Atención! ¿Me copian? Solicito autorización para
exploración del sector (L) “Los Apeninos”
-Si señor –respondió una voz femenina–, su
solicitud ha sido aceptada. Tiene autorización de la base Galilea “Tierra”,
para la exploración del sector (L)
-¡Excelente! Muchas gracias –respondió con su mano
en la barbilla.
-Entonces iras de todas maneras –aseveró Cleo
mientras entraba al laboratorio con un café en la mano para su esposo.
-Si cariño, soy un científico y geólogo, hace ya
varios meses que no he investigado nada y ya la pereza me está obnubilando, las
rocas lunares son mi vida.
-Está bien querido solo vuelve para la cena –dijo
Cleo abrazando a su marido por el cuello.
El geólogo se dirigió al guarda naves, se puso su
traje espacial, tomó sus herramientas y
sacó la moto-cohete. Se despidió de su esposa levantando las cejas tras el
casco protector.
Se fue a toda velocidad en dirección hacia Los
Apeninos. En la visera del casco se reflejaba el sol enfocando un rayo
luminoso, el paisaje se hacía cada vez más
bello mientras avanzaba, la brillantes de la superficie lunar lo enceguecía.
Cuando llegó a la montaña, se deslizó hacia una
planicie alta y rocosa, había millares
de piedras blanquecinas entre el polvo
delgado de asteroides. Las piedrecillas se mesclaban con arena plomiza. En un
extremo de la cadena montañosa se podía vislumbrar una cueva forjada de forma
natural y una entrada pedregosa.
Afrodakis sintió mucha curiosidad por aquella cueva
que divisaba desde lejos y pensó: “¡Que buen lugar para investigar!”. Se bajó de la moto-cohete y comenzó a escalar
hacia la entrada de la cueva, estaba polvorienta y corrían ráfagas de viento;
prendió su linterna entre las húmedas rocas mientras hablaba para sí mismo: “¡Que
belleza arqueológica más impresionante!” Se sintió emocionado y con
satisfacción de haber explorado nuevos parajes–. Se dió cuenta que en las
paredes del túnel habían diminutos dibujos arqueológicos como jeroglíficos
egipcios –pensó–, luego unas rocas llamo su atención, nunca había visto algo así,
la roca tenía un aspecto ovalado seméjate a un huevo, que era, en cierto
sentido muy extraño; ¿Qué haría una roca
así en la luna? ¿Por qué este parecido a un antiguo y prehistórico huevo
terrícola? Decidió no seguir explorando pues la noche lunar es muy fría, baja
la temperatura intempestivamente y quedar en las a sombras podría ser muy
peligroso. Guardo la roca en su bolso de herramientas y comenzó a descender de
la montaña. Se subió en la moto-cohete y partió con rumbo a su hogar.
3
Un huevecillo
-¡Hola mi amor, he llegado! –dijo Cristian
Afrodakis con una voz tenue y baja como si ocultara algo.
-No tardaste tanto. La cena ya está lista. Hoy
preparé pescado, fui al almacén de los “Giorgatos” y compre el más fresco que
hallé. Los contenedores de abastecimiento ya están disponibles…he pensado en
preparar un guiso…pero… –Cristian la interrumpió con beso y se sentó en la
silla multiuso.
-¡Cuéntame! ¿Encontraste alguna cosa nueva en tu
exploración? –dijo Cleo mientras servía el pescado.
-¡No! En realidad ¡Sí!, es que… –titubeó por un
segundo desorientado –, ¡está bien!, he encontrado algo muy distinto, es una
piedra extraña ovalada en forma de huevo.
-¿Un huevecillo? ¿Y de qué forma, tamaño, color?
¿Cómo es?
-Es del tamaño de una pelota de rugby, blanco o
plomo y está cubierto por una extraña capa fosilizada. Se parece a un
huevecillo de dinosaurio, pero ambos sabemos que eso es imposible. Aquellos se
extinguieron hace sesenta y cinco millones de años, mucho antes de la
colonización lunar.
-¿Qué son los Dinosaurios Papá? –preguntó Demetrio
sin entender la conversación de sus padres.
-Son un grupo de Reptiles que aparecieron durante
el periodo Triásico pero que después se extinguieron por la caída de un
asteroide –bueno si, en teoría–, en la Tierra se hablaban mucho de ellos y la
ciencia trato muchas veces de imitar su instinto para cazar y devorar especies
inferiores, pero nunca se obtuvo tal resultado.
-¡Yo quiero un Dinosaurio Papi! –dijo el niño con
un trozo de pescado en su boca.
-¿Y qué harás con el huevecillo? –preguntó Cleo
mientras se limpiaba la boca del niño con delicadeza femenina.
-Lo encapsulé. Aún está húmedo, estoy seguro que
debe haber agua en esa cueva. Lo dejé en
el laboratorio para examinarlo y hacerle las pruebas pertinentes, debo
asegurarme de que se encuentre en buenas condiciones, eso sería lo más
apropiado por el momento.
-¿Informaras a Galilea “Tierra”? Puede ser
peligroso tener eso en casa –dijo Cleo esperando un “Sí” de respuesta.
-No lo creo amor, debo estar seguro, prefiero
trabajar por la mañana, hacer todos los análisis de rigor e informar a la
Tierra los resultados cuando llegue el momento.
Cleo miró a su esposo sin hacer ningún comentario, mientras
preparaba el postre y lo sirvió tiernamente en la mesa.
4
EL NACIMIENTO
Un rayo de sol entró por la ventana de la
habitación y le dió justo en los ojos de Afrodakis mientras dormía en su cama.
Se levantó de golpe y recordó aquello que había encontrado en Los Apeninos. Fue
hacia el laboratorio y sacó el huevecillo de la cápsula, se veía en buenas
condiciones, lo saco y lo puso en una mesa quirúrgica, prendió su ordenador y
comenzó el análisis químico.
-¡Computadora! Espero resultados
La máquina comenzó a trabajar velozmente mientras
las manos mecanizadas manipulaban el huevecillo en sumo cuidado
-¡Computadora! Entregue informe solicitado: Ya es
efectivo señor, existe un ser viviente dentro del huevecillo con
características Pre-históricas, o más bien, de la pre-historia de los
terrícolas.
-¿Qué? ¿Está segura computadora? –exclamó
conmocionado.
-Sí señor, así lo muestra los análisis.
-¿Cuál es el protocolo o procedimiento a seguir en
estos casos?
-Es necesario comprobar la viabilidad del huevo,
señor.
-Tiempo estimado de nacimiento, quince días Señor.
Afrodakis trató de mantener la calma con el asunto
del huevecillo, por lo tanto, estimó que no sería necesario dar aviso a la
tierra hasta tener certeza del nacimiento de la criatura.
Pasaron los quince días y el huevecillo estaba preparado para nacer,
Afrodakis estaba entusiasmado con la idea de tener una mascota en la casa
aunque fuera un poco diferente a lo que recordaba en la tierra. Llamó a toda la
familia para que presenciaran el suceso en el laboratorio.
-¡Vengan todos está a punto de nacer! –Dijo Cristian
con un entusiasmo que solo un niño podía comprender.
Entre las
cascaras de huevo se dejaba ver una criatura de color blanco con el cuello
alargado y muy fino, tenía dos patas delanteras y una trasera, una cola
alargada, ojos negros saltones, boca pequeña y nariz redonda.
-¡Mira mamá! Qué bello es…es un poco blanco. ¿No lo
crees? –Dijo el pequeño con sus ojos de huevo fritos.
-Es una especie muy parecida a los que se
extinguieron hace miles de años en la tierra, solo que este es gracioso y tiene
tres patas –agregó Afrodakis mientras observaba una cascara de huevo con su
lupa.
El dinosaurio comenzó a abrir y cerrar sus pequeños ojos a una velocidad impresionante, casi
fotográficamente y se alimentaba de pescado o pollo frito, o
cualquier desecho sobrante, que podía hallar
en su cápsula; A estas alturas ya se encontraba gozando de la hospitalidad de
la familia, podía respirar perfectamente y Afrodakis pensaba que, en el futuro, podría transformarse en un experto guía sabueso
para sus investigaciones.
-¿Y qué es lo que comerá esta criatura? –preguntó
Cleo un poco confundida.
-No lo sé. Pero hasta el momento ha comido todo lo
que encuentre –contestó el geólogo con una sonrisa en sus labios.
-¡Papá! Y ¿Cómo se llamará el Dinosaurio? –Preguntó
el niño.
-no se me ocurre ningún nombre entretenido hijo, a
juzgar por esta rara especie, creo que por el momento lo llamaremos Dinolú, el
primer dinosaurio nacido en la luna.
-Me gusta ese nombre –Agregó Cleo–, es tan pálido,
parece un fantasma, tiene su hocico algodonado.
Paso el tiempo y el dinosaurio comenzó a crecer, su
rostro estaba más desarrollado y evocaba una sonrisa que se confundía entre la
boca y su nariz, podía dar grandes saltos con su pata trasera y corría con las
delanteras como un fugaz trípode.
-¡Papá! Mira, Dinolú está saltando –dijo Demetrio–, al parecer ya
tiene fuerza en las patas y son tremendas –masculló el niño mientras acariciaba
al dinosaurio.
-Mañana lo llevaremos de expedición. Es hora de
probar a este nuevo sabueso planetario. Iremos juntos Demetrio, tendrás la
oportunidad de conocer “Los Apeninos” el lugar de donde proviene Dinolú.
–señaló el Afrodakis muy emocionado.
¡No será peligroso para el niño! –agregó Cleo un
poco sorprendida por la decisión de su marido.
-No cariño, nuestro hijo ya está grande. Es hora de
que se familiarice con la montaña y la exploración. Cuando grande será un gran
Geólogo Lunar, además, es bueno que de interactué con nuestra mascota y conozca
sus virtudes. Se llevaran bien, ya puedo sentirlo. –dijo el padre orgulloso
mientras acariciaba el frondoso cabello
de su hijo.
5
GRANITÓN
Al día siguiente Afrodakis y Demetrio se levantaron
muy emocionados, partieron al guarda-coches, y encendieron la Moto-Cohete más
grande que encontraron; tenía dos cómodos asientos y un micro-carro adherido
donde el dinosaurio se subió de un
brinco. Cleo les entrego una bolsa de papel con emparedados para el almuerzo
del día y partieron rumbo a “Los Apeninos” La amorosa madre beso a su esposo e
hijo y acarició a Dinolú por su lomo.
-¡Que tengan un buen viaje! ¡Mucho cuidado! –dijo
Cleo entre el ruido de la Moto-Cohete. Alejándose rápidamente.
Cuando llegaron a la montaña, subieron caminando
hasta la cueva pedregosa donde Afrodakis encontró al dinosaurio. Una vez en la
cueva tomaron un descanso.
-¡Mira papá! Que bellos dibujos –exclamó el niño
asombrados.
-¡Son una especie de jeroglíficos! De alguna época
antigua –murmuró Afrodakis –, es muy
probable que estas ruinas lunares fueron habitadas por seres
extraterrestres, quizás alguna raza alienígena que ya conocía a los dinosaurios
antes de la era terrícola.
-¡Oh! ¡huauuu! –rezongó el niño –. ¡ Sorprendente! ¿Podremos saber de dónde
viene Dinolú papá?
-¡La verdad! No lo sé, hijo. Por eso estamos acá,
para conseguir algunas respuestas.
El padre y su hijo caminaron por el interior de la
grandiosa montaña hasta llegar a un alto bloque de piedra color calipso.
-¡Que enorme! –Susurró Demetrio –, quizás podamos
moverla.
-Lo intentaré –dijo Afrodakis removiendo el colosal
bloque con su picota galáctica.
Una luz rutilante empezó a salir por los bordes del
alto bloque de piedra, seguido de un viento que soplaba generosamente por la
entrada rocosa de la enorme puerta. La luz se apagó lentamente, dejando ver un
enorme símbolo en forma de trípode. Afrodakis tomó de la mano al niño y entró
por el umbral de piedra calipsa. Dinolú los siguió emocionado mientras saltaba
con su pata trasera. Delante de sus ojos se avizoraba un frondoso bosque de
ancianos arboles de piedra, sus filosas ramas caían por la gravedad en forma de
círculos que giraban con el viento. Los arboles brillaban en diferentes
colores, sus tonos violáceos, amarillos y purpurinos resplandecían
alternadamente como notas musicales.
-¡Mira papá! Es hermoso, ¿Cómo es posible que
existan tan bello lugar en las profundidades de la luna? –dijo el niño
asombrado.
-Tampoco lo puedo creer hijo mío. Lo reconozco,
estoy tan sorprendido como tú. –tartamudeó Afrodakis con la boca abierta de
asombro. Mientras Dinolú se acomodaba debajo de los pies del geólogo;
extrañamente reía de felicidad y ansiedad. Movió su cola de un lado para el
otro, luego se acicaló con sus patas delanteras.
De pronto un silbido extraño y denso, seguido de un
temblor que azotó los pies de los visitantes. Unas pisadas gigantescas se
escuchó hacia lo lejos; pero el sonido tumbó cada vez más cerca de los
excursionistas lunares; éstos de detuvieron y se miraron con detención:
-Papá. ¡Escuchas eso! Son pisadas. Y vienen hacia
nosotros, proviene desde el bosque de piedra. –dijo Demetrio.
Afrodakis protegió a su hijo y ordenó al Dinosaurio
quedarse quieto.
-¡Mira es un hombre de Piedra! –dijo Afrodakis
emocionado y asustado a la vez.
- Cof cof cof ¿Quién anda ahí? –dijo el coloso
gigante de piedra caliza.
Afrodakis no quería asomarse, pero el dinosaurio
corrió hacia el hombre de piedra con extraña familiaridad. El niño salió detrás
de él sin que el padre pudiera reaccionar.
-¡Somos visitantes! Venimos de la superficie. Buscamos el hogar de Dinolú, nuestra mascota lunar, ¿Quién eres tú? –Preguntó el niño con
curiosidad – ¿Puedes ayudarnos?
-Yo soy Granitón, guardián del bosque de “La
tranquilidad” –contestó el gigante en
una sólida sonrisa, moviendo sus
labios de piedra de un lado para el otro.
-¡Oh! –exclamó Granitón–, ya he visto esta especie
de mascota en el bosque de ancianos, eran cientos de dinosaurios juguetones.
–habló el coloso.
-¿De dónde provienen los dinosaurios trípodes?
–preguntó Afrodakis con asombro.
De los
viejos cimientos del castillo de KAN –aseveró el hombre de piedra –, bueno, por
lo menos los que quedan. En la antigüedad la luna estaba habitada por cientos
de dinosaurios trípodes, pero lamentablemente un meteorito calló y destruyó
todo a su paso. Solo sobrevivieron unos pocos. Y desde entonces se refugiaron en el interior de la luna, crearon una gran
fortaleza para su protección, en la “Boca” de Los Apeninos.
-¿Y cómo podemos hallar ese Castillo? –preguntó
Demetrio.
-Beben cruzar el bosque de “La Tranquilidad”, al
final encontraran un gran bloque de oro
vigilado por el poderoso y sabio Selemín.
–dijo el gigante rocoso mientras
devoraba un alargado arbusto de fino granito.
-¿Quién es
ese sabio y poderoso vigilante? –inquirió Afrodakis.
-¡No lo puedo revelar! –Cada guardián vigila su
propio umbral en la Boca de Los Apeninos –, tendrán que llegar a él y sabrán a qué me refiero, queridos visitantes
de la superficie. –habló el hombre de piedra con voz estridente, mientras se
frotaba la panza con sus graníticas manos de roca lunar.
Dinolú aulló hacia el gigante con un sonido largo y
agudo, el aullido se expandió en el frondoso bosque de La Tranquilidad; las
ondas sonoras de Dinolú produjo un cambio en las tonalidades violáceos,
amarillos y purpurinos de los ancianos árboles; luego, tarareó un silbido
melodioso y mágico que llenó de gozo al
gran hombre de piedra, éste lo tomó con su poderosa mano granítica, lo dejo en
su palma de roca, mientras el dinosaurio saltaba con su fuerte pata
trasera y aullaba graciosamente con su redondo hocico.
6
LOS GUSARAPOS
¿Cuánto más
faltará? Padre. ¡Estoy exhausto! –dijo el niño acomodando su casco y botas
espacial.
¡No lo sé! Hijo mío. Espero que falte poco.
–respondió Afrodakis mientras Dinolú devoraba pequeños frutos que se
desprendían de las raíces coloreadas de los ancianos arboles de granito.
-¿Qué está comiendo papá? -preguntó curiosamente el niño.
-Son frutos de norita, veras, cuando comenzó la
colonización se encontraron muchas de estas semillas en la superficie lunar,
luego desaparecieron sin explicación alguna.
-¿Será posibles comerlas? –agregó Demetrio
-¡Si, claro que sí! Los primeros colonos se
alimentaban de estas semillas.
Padre e hijo se pusieron en cuclillas y junto a su
mascota comenzaron a demorar las vastas semillas una por una hasta quedar
rechonchos de tantas noritas, Dinolú hecho sus patas y mostró su barriga de
globo. Los visitantes descansaron por un rato a orillas de un hermoso árbol de
piedra granita de color violeta, y poco a poco sus ojos se cerraron… el tiempo
pasó…
- ¿Quiénes son ustedes? –preguntó una voz que
despertó a los visitantes de sopetón.
-¿Quién anda ahí? –respondió Afrodakis asustado.
Se escuchan pequeños alaridos como si unas
criaturas grandes y gordas se arrastraran y escondieran detrás de los árboles
de granito con gran agilidad.
-¡Somos los Gusarapos! –rieron las criaturas con
soltura, mientras brillaba su pelaje amarillo.
Detrás de los árboles se asomaron dos orugas del porte de un camello terrestre,
con enormes y expresivos ojos verdes redondos. Los Gusarapos se acercaron a los
visitantes lentamente, arrastrando su hermoso pelaje amarillo miel.
¡Huauuu! –Exclamó el niño–, son orugas lunares,
pensé que solo existían en los cuentos que lee mi mamá.
¡Es increíble! –Murmuró Afrodakis.
-¡Fuimos enviados por Granitón! –Dijeron los
Gusarapos al mismo tiempo, luego rieron a carcajadas –para su traslado y
protección hacia el portal de Selenín.
Dinolú frotó su blanco lomo en el amarillento
pelaje de los Gusarapos, en señal de confianza.
-¿Cuánto nos queda para traspasar el Bosque de la
Tranquilidad y llegar al segundo portal? –preguntó Afrodakis con impaciencia.
Esperando que los Gusarapos tuvieran buenas noticias.
-Son solo tres kilómetros más –respondieron los
Gusarapos al unísono -, pero debemos cruzar “El mar de las Crisis” un lugar
desolado donde habitan extrañas bestias de ultratumba lunar.
-¡El mar de las Crisis! –pronunció el niño mientras
tragaba saliva.
-¡Sí!–refunfuño un Gusarapo –, pero no se preocupen
visitantes…, está todo bajo control, somos orugas de tierra y de agua, en
ocasiones merodeamos la superficie lunar; así que…estaremos bien, solo
permanezcamos unidos. –dijo el segundo Gusarapo.
Los Gusarapos se acercaron a los visitantes
lentamente y se inclinaron para que Afrodakis y el niño los pudiera montar su
pelaje, Dinolú brinco sobre el cuello de un Gusarapo colgándose fofamente. El
pelaje de los Gusarapos se adhería firmemente a la piel de los visitantes dando
un aspecto frondoso y acolchonado que generaba bastante comodidad y acilo a los
excursionistas. Los Gusarapos muy risueños se sintieron agradados con sus
nuevos amigos.
¡Muy bien muchachos! –Gritaron los Gusarapos al mismos tiempo -, es hora de
partir. ¡Agárrense firmemente! Que ya nos vamos.
Las graciosas orugas no tardaron en tomar
velocidad, el cabellos de Demetrio serpenteaba dentro de su casco especial, los
ojos de Afrodakis parecían más redondos de la impresión y el rostro de Dinolú
se redondeaba con el viento como un mono de nieve; a pesar del aspecto
rechoncho de los Gusarapos eran unas orugas muy agiles y fuertes.
-¿A qué velocidad vamos? -preguntó Afrodakis
-A la velocidad del rayo –contestaron las orugas
simultáneamente.
-¿Es eso posible o estaré loco? –se cuestionó
Afrodakis
-ósea, eso es 140.ooo mil kilómetros por segundo,
¿La mitad de la velocidad de la luz? –analizó el geólogo asombrado por la
potencia de los Gusarapos.
-¡Excelente
viaje amigos! Hemos llegado, solo tardamos tres segundos. –exclamó la
oruga mayor.
-¡Muy bien! Es un nuevo record. Solo un segundo por
cada kilómetro. –agregó la oruga menor.
Los Gusarapos se miraron fijamente y después
explotaron en una risa jolgoriosa hasta caer las lágrimas. Los visitantes no
tardaron en contagiarse con la simpatía de las orugas y rieron apretando el
vientre con sus manos, Dinolú se paró en su pata trasera y dio varios brincos
en el peludo contorno de las orugas.
-¡Ah! ¡Qué risa que me da!, Bueno, creo que hemos
llegado, enfrente de ustedes está “El mar de las Crisis” –dijo el Gusarapo
mayor con un leve temor en sus grandes y redondos ojos verdes.
Los visitantes estaban a la orilla del mar,
negruzco y misterioso, en el horizonte un cielo violáceo y rojizo con nubes
algodonadas y anaranjadas; extrañas aves
se zambullían en el agua atrapando unos pececillos triangulares y cuadrados; y
en la playa, se escuchaba el tronar de tenebrosos sonidos que provenían de
inimaginables animales y especies innombrables de las profundidades. Los
Gusarapos y los visitantes se cobijaron mutuamente, mientas un escalofrío subía
súbitamente por sus pies. Afrodakis abrazó a Demetrio y Dinolú pronuncio un
sonido penoso, como el llanto de un cachorro.
Las orugas encallaron en la misteriosa playa.
7
EL MAR DE LAS
CRISIS
-¡Bueno muchachos! Que el miedo no nos detenga, ya
estamos aquí –dijo la oruga menor mostrando sus dientes con una risa nerviosa.
¿Es el único camino que existe? –preguntó Demetrio
afligido.
-Mmm. Me temo que sí, desde que dejamos de habitar
la superficie, solo nos queda este camino hacia el castillo de KAN. –dijo la
oruga con un poco de aflicción
-Y, ¿Por qué le llaman el mar de las crisis?
–inquirió Afrodakis.
-Porque sus aguas oculta la hostilidad de la luna,
aquí es el único lugar donde aún perdura la agonía de las criaturas que
escaparon del meteorito.
-¡Esperemos que algún día encuentren la calma!
–sollozó la oruga mayor.
Los gusarapos se sumergieron en las aguas de las
crisis, y se inflaron como dos flotadores de plástico. Su pelaje se hizo más
abundante e impermeable, las orugas estiraron sus patas o pseudopatas de forma
vertical, las cuales comenzaron a dar vueltas de forma circular; tal como las
hélices de un helicóptero. Sus graciosas patas generaban propulsión en las
aguas.
-¡Ok! ¡Muchachos! Es hora de subir, debemos llegar
del otro lado, a las puertas del príncipe Selenín. –exclamaron las orugas con
gran entusiasmo.
Afrodakis y el niño se montaron en la oruga menor,
Dinolú se zambulló en la profundidad del mar y saltó como un cohete haciendo
una divertida pirueta en el aire, luego se deslizó con rapidez por el dorso del
gusarapo mayor.
Los gusarapos emprendieron su viaje, junto a sus
peculiares visitantes excursionistas de las superficies. Los pececillos
triangulares y cuadrados daban pequeños saltos alrededor de los gusarapos
mientras navegaban, algunos saltaban tan alto que Dinolú los agarraba con su
hocico, luego los liberaba sin hacerle daño.
-¡Que bellos pececillos papá! –Dijo el niño –, me
gusta su forma geométrica. ¡Mira! Son cientos, ¿O quizás miles? ¿De dónde
vendrán?
Los excursionistas miraron las profundidades del
mar.
-¡Mmm. Grandioso!
Parece que proviene de aquellas rocas, en las profundidades. –Agregó
Afrodakis.
-¡Pero, Papá! ¿Qué rayos es eso? ¡Santas Galaxias!
Hay algo en el mar, algo se está asomando. –dijo Demetrio sorprendido.
Los excursionistas y los gusarapos quedaron en
suspenso por un momento…, de las profundidades emergió una colosal cabeza de
forma elíptica con una punta membranosa, parecida a los calamares terrícolas;
que alzó sus tentáculos hacia el cielo dejando en claro a sus visitantes su
presencia.
-¡Quien se ha atrevido a invadir mis aguas! ¡Hablen
insectos! –exclamó el calamar
geométrico mientras tragaba pececillos triangulares.
-¡Somos amigables! Vamos a las puertas de Selenín
–contestaron los gusarapos asustados.
-Todo aquel que vaya a las puestas de Selenín, es
mi enemigo –replicó el calamar – solo yo navego por estas aguas. Ahora ustedes,
serán mi cena. –se rio tétricamente el calamar geométrico mientras alzaba su
aberrante y colorida cola hacia los visitante, como un gran martillo.
-¡Oh, oh! Creo que es hora de nadar, este gigantón
se enojó. –corearon los gusarapos con impaciencia. Sus graciosas patas de
hélice giraron más deprisa.
-Muy bien. ¡Afírmense! Debemos escapar. Nos
sumergiremos en un instante –ordenaron los gusarapos.
Los visitantes activaron su casco espacial a modo
inmersión y se adhirieron firmemente al pelaje de los gusarapos; una vez
zambullidos se percataron que Dinolú era un gran nadador y detrás de sus patas
delanteras se desprendieron unas preciosas y trasparentes branquias color
celeste, esté parecía sonreír mientras se sumergía abrazado al gusarapo. Las orugas nadaban con gran precaución.
Mientras el calamar geométrico los perseguía por las aguas con el firme
propósito de devorarlos. El calamar se daba impulso con sus enromes tentáculos
en las oscuras y gelatinadas aguas.
¡Allí! –Señaló el gusarapo menor –hay una cueva,
escondámonos. ¡Pronto!
Los gusarapos atravesaron la cueva rápidamente, y
de pronto, una enorme boca con diminutos filamentos intento atraparlos. Pero
los tentáculos del poderoso calamar geométrico se enredaron en la cueva de
rocas submarinas.
-¡Ufff! ¡Rayos! Estuvo cerca, creo que lo dejamos
atrás. –dijo el gusarapo mayor.
-¡Qué gran boca tenía ese cetáceo! –agregó Afrodakis.
Los gusarapos nadaron hacia la superficie.
¡Oh! Que grandes tentáculos papá. ¿Y Dinolú?
–preguntó el niño buscando por rededor con su mirada.
Dinolú salió del agua como un fugaz petardo, y se
montó en el gusarapo menor.
¡Aquí estas! –Exclamó el niño aliviado –, ya había
olvidado que eres un excelente nadador, y muy vivaz.
Los gusarapos siguieron el rumbo definido fuera de
todo peligro. Las aguas poco a poco se calmaron y se tornaron en una diáfana
transparente salinidad, los pececillos triangulares y cuadrados comenzaron
aparecer nuevamente por doquier, y en infinitos colores danzaban en la
superficie del mar y en la quietud del aire. En el horizonte cercano ya se
podía avistar el magnífico portalón dorado del príncipe Selenín. Hermosas y coloridas aves geométricas de múltiples
formas rodeaban toda la playa dando la bienvenida a los visitantes.
8
EL PRÍNCIPE SELENÍN
Cuando llegaron a la orilla de la playa, los
gusarapos se desplegaron y los visitantes descendieron de sus frondosos lomos,
comenzaron a sacudirse para desprenderse del agua y de las algas enredadas en
su pelaje amarillo miel, con sus lenguas apaisadas lamian sus pequeñas y
filamentosas patas de oruga lunar. Los
visitantes fueron recibidos por una horda de aves geométricas multicolores que
cantaban hacia el cielo; Dinolú se entusiasmó y contó junto a las aves en un
bello concierto de melodías ancestrales.
Los visitantes y los gusarapos de acercaron al gran
portalón dorado.
-¡Vaya! Es sorprendentemente hermoso –dijo
Afrodakis –, tal como en la tierra, habían
muchas culturas que utilizaban el
oro, pero nunca encontré en los libros
antiguos algo sin igual.
-¿Qué es el oro papa? –preguntó el niño.
-Es un antiguo metal de las civilizaciones
terrícolas ancestrales, fue utilizado durante un tiempo como intercambio por
algo que llamaban “Dinero”, luego desapareció. Es increíble que esto esté aquí
en la luna –dijo el científico emocionado.
-¡Bueno! ¡Heee! ¿Alguien sabe cómo abrir este
enorme portalón? -murmuró Demetrio.
Los gusarapos se miraron desconcertados. Dinolú se
acercó al portalón y comenzó a cantar
una tranquilizadora melodía.
-¡Oh! Está dando resultado. ¡Sigue Dinolú!, no te
detengas, las puertas están abriendo. –gritó Demetrio emocionado mientras
abrazaba al dinosaurio.
Afrodakis observaba todo con su boca abierta, y los
gusarapos jadeaban con la lengua afuera. Una luz rutilante se asomó por los
contornos de la puerta. Los visitantes entraron por el portalón curiosamente.
Un palacio de mármol afloró delante de sus ojos, en sus extremos había grandes
pilares de oro y piedra granita; múltiples estatuas de piedra caliza se posaban en sus altares
como gárgolas góticas; y en el centro del palacio, había un enorme sitial de
oro y rocas lunares, en ella estaba sentado el gran Selenín, un gigante
selenita de ojos rojos ovoideo y un
delgado cuerpo gris; llevaba una capa aterciopelada y una corona de oro y
granito. Selenín se levantó de su trono y les dijo:
-¡bienvenidos queridos excursionistas de la
superficie! He estado esperando vuestra llegada. Un gusarapo mensajero del gran
Granitón me ha avisado su espléndida aventura por el mar de las crisis, y veo
que han tenido éxito escapando del calamar geométrico, estoy muy sorprendido de
la hidalguía del pequeño dinosaurio trípode,
que con su canto ha dado paso a vuestras visitas por las enormes puertas
de mi palacio.
Los
visitantes hicieron una reverencia delante de los pies del gran Selenín,
los gusarapos agacharon su rechoncha cabeza tiernamente en señal de respeto.
-hemos venido de la superficie su alteza –dijo
Demetrio –, de un lugar llamado “Los
Apeninos” he venido con mi padre y con Dinolú…
-¡Los Apeninos! Dices pequeño terrícola
–interrumpió Selenín –, recuerdo muy bien ese lugar, es allí donde cayó el
cometa.
-¡Así es! –Agregó Afrodakis –, los terrícolas lo
llamamos así, en aquel lugar encontré el huevecillo, que después resultó ser
Dinolú.
¡Mmm! Así que este es Dinolú. Hace muchos años que
no veía un dinosaurio trípode como este, ¿Me permiten observarlo? –dijo Selenín
con un tono solemne.
-sí, claro que sí –respondió Afrodakis.
Selenín se levantó de su trono y se acercó a los
visitantes, los gusarapos retrocedieron deslizando su rechoncho pelaje; el
gigante selenita agacho su alargado cuerpo y observó a Dinolú de costado; el dinosaurio
sonrió y se acicaló con sus patas. Selenín extendió su gigante y alargada mano
y Dinolú no tardo en brincar sobre su palma y hacer piruetas en el aire.
Selenín quedó mirando al dinosaurio mientras pensaba…
-¡Mmm! Me temo que este dinosaurio pertenece a la
realeza del castillo de KAN, allí se concentran un gran número de este ejemplar.
-¡Oh! ¿Qué? Entonces… ¿Dinolú es un rey? –preguntó
emocionado el niño.
¡No lo sé exactamente! Pero él pudo abrir el portal
de oro con su canto, y solo los antiguos dinosaurios trípodes tenían dominio
con su canto. –agregó Selenín mientras bajaba al dinosaurio con su mano.
-Entonces su alteza… ¿hay más dinosaurios como
Dinolú en el castillo de KAN? –intuyó Afrodakis convencido de la hazaña.
-¡Así es! Mis queridos y pequeños visitantes, pero
para ellos deberán abrir el gran pórtico de KAN y rescatar a los dinosaurios,
están allí refugiados desde que cayó el meteorito en la superficie, es hora de
liberarlos; pero yo, ya estoy muy viejo, y soy el último de los selenitas gigantes,
mi tiempo ya se termina; he sido muy feliz reinando en el interior de la luna,
sé que mis antepasados volverán en algún momento de otro planeta y quiero que
cuando vuelvan encuentren la luna como era antes, con estos maravilloso
dinosaurio trípodes y los fieles y graciosos gusarapos habitando en la
superficie –dijo Selenín con sus brillantes y rojos ojos cristalizados.
Los visitantes y los gusarapos se abrazaron
mientras escuchaban las palabras de Selenín. Dinolú aulló tristemente como un
cachorro pidiendo cariño.
-¿Y cómo podremos llegar al castillo de KAN, y
liberar a los Dinosaurios? –preguntó Afrodakis.
El gigante selenita estiró su alargado cuello y
sacó una llave que pendía centellas de oro y de fragor.
-¡Con esto! –Dijo Selenín –, con la llave de los
sueños, la he guardado por siglos, esperando el momento para liberar a mis
amigos, ahora es el momento, por fin podré descansar en paz.
Selenín colgó la llave en el cuello de Dinolú suavemente.
-¡Ahora acompáñenme! El tiempo apremia. Los llevare
el portal del castillo de KAN –insistió Selenín enfáticamente.
Los visitantes siguieron al gigante por los
pasillos de palacios, hasta llegar a un gran pórtico de cristal y diamantes
petrificados. Selenín apunto con su dedo y explicó:
-Detrás de este pórtico se encuentra el camino
hacia el castillo de KAN, solo deben llegar hasta el final del pasillo y
encontraran el panteón de las nuevas almas lunares, deben abrirlo con la llave
de los sueños, como verán, por su pequeño tamaño, solo ustedes podrán hacerlo;
estoy muy agradecido mis queridos visitantes, les deseo buena suerte. –dijo
Selenín con gran elocuencia mientras se despedía de los excursionistas.
Dinolú llevaba la llave de los sueños muy dichoso
en su cuello, los excursionistas y los gusarapos traspasaron el pórtico de
cristal, y caminaron por el pasadizo de las nuevas almas, al llegar al final
del corredor Dinolú tomó la llave de los sueños con su hocico y abrió el
panteón.
Cuando traspasaron la puerta los sorprendió una
enceguecedora luz que les dio en la cara, poco a poco se fue apagando, dejando
ver un hermoso castillo de piedra granita en el horizonte, los dinosaurios y
gusarapos estaban por doquier, Dinolú corrió hacia una pareja de dinosaurios
que bebían en un lago fosforescente y se abrazaron cariñosamente.
-¡Papá! Creo que ellos son su familia –dijo el niño
dichosamente.
-¡Es sorprendente! Hijo mío, hemos liberado a estos
dinosaurios, tu madre estará muy orgullosa de ti.
Los gusarapos se unieron y comenzaron a danzar
alrededor de los dinosaurios. Dinolú cantó una hermosa melodía al unisonó junto
a cientos de dinosaurios trípodes. Y todos juntos comenzaron a caminar hacia la
superficie lunar de “Los Apeninos” La hora de volver había comenzado.
FIN
GTF.

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