domingo, 6 de noviembre de 2016

DINOLÚ

       
                       
1
LA COLONIZACIÓN

Cristian Afrodakis, científico y geólogo lunar, habitaba la luna ya hace más de una década junto a su esposa y pequeño hijo Demetrio. Desde el periodo de colonización las bases lunares alcanzaron su apogeo y los terrícolas comenzaron a poblarla constantemente. Naves de gran magnitud llegaban desde la tierra todas las semanas con toda clase de implementos de construcción y abastecimiento general.
-“En la luna el sol no aparece a menudo” –pensó  Cristian para sus adentros, mientras manejada una probeta en el laboratorio –. “Es más, Hay cosas que suelen suceder sin explicación alguna, las cosas han cambiado mucho desde que empezamos a colonizar”…
El laboratorio estaba construido de un material ligero, un techo cristalizado y transparente; la casa lunar estaba compuesta de tres habitaciones, un living transformable y un comedor con una bella vista a la tierra.
Afrodakis era un buen padre de familia, un geólogo conocedor de la superficie lunar, se ha dedicado a recorrer sus mares con admirable cosmovisión  y ha  analizado todo tipo de hallazgo desde algunos años. Su hijo, el pequeño Demetrio contemplaba a su padre ocasionalmente en el laboratorio, y de vez en cuando, lo ayudaba con los instrumentos de análisis y el ordenador temporal, Demetrio alucinaba con las bellísimas piedras lunares.
Cristian era un tipo alto de ojos negros y pelo castaño, su aspecto de corpulencia acompañaban su altura; habitualmente usaba su traje estelar para protegerse del sol y del viento o cualquier imprevisto que sucedía en cada expedición.
Angélica Cleo, su tierna esposa preparaba la cena en cada ciclo lunar del periodo de oscuridad.
-¿Iras de expedición mañana? –Preguntó Cleo mientras servía el pollo frito y papas en los platos –, ya has visto gran parte de los mares lunares, el de la “Fecundidad”, el de la “Serenidad”, quizás  sea tiempo de conocer otros lugares. –Dijo Cleo pensativa.
-Lo he pensado muchas veces, ya conozco casi todas las planicies de aquellos mares, debo investigar el resto de las planicies más elevadas.
-¿Te refieres a las planicies de Tycho y Clavius? ¿Dónde están los sectores más montañosos de la luna?
-Oh sí,  Creo que ya es tiempo de investigar nuevas rocas, más allá de los límites de la comunidad, iré cerca de las cadenas montañosas “Apeninos”. He tenido información de la tierra  y dicen que ya es posible explorar y recorrer otros parajes –dijo Afrodakis mientras se llevaba un trozo de pollo a la boca.
-¿Qué son los Apeninos papá? –preguntó el niño con su boca llena.
-Son una cadenas montañosas que se encuentran en la tierra, las descubrió Galileo Galilei en la superficie lunar, y desde entonces tienen ese nombre.
El niño miro hacia el cielo, mientras su padre le explicaba con angustiosa serenidad, que solo un científico dedicado y experimentado  puede entregar.
-¿Entonces, pedirás la autorización para la exploración? –insistió Cleo
-Si querida. Mañana por la mañana me comunicaré con la base Galilea “Tierra”
-¿Puedo ir contigo papá? –Preguntó Demetrio moviendo sus manos alentándose, su madre ordenó con su mirada un poco de tranquilidad.
-Esta vez no Demetrio, pero te prometo que una vez acabada la exploración te llevaré para que conozcas los Apeninos.
El niño se quedó mirando a su padre con los ojos brillantes y aceitunados. Respondió con un: “Gracias Papá”, mientras engullía glotonamente su trozo de pollo.
 

2
EL HALLAZGO

A la mañana siguiente Afrodakis se dirigió a su laboratorio y prendió el monitor con conexión directo a la tierra.
-¡Atención! ¿Me copian? Solicito autorización para exploración del sector (L) “Los Apeninos”
-Si señor –respondió una voz femenina–, su solicitud ha sido aceptada. Tiene autorización de la base Galilea “Tierra”, para la exploración del sector (L)
-¡Excelente! Muchas gracias –respondió con su mano en la barbilla.
-Entonces iras de todas maneras –aseveró Cleo mientras entraba al laboratorio con un café en la mano para su esposo.
-Si cariño, soy un científico y geólogo, hace ya varios meses que no he investigado nada y ya la pereza me está obnubilando, las rocas lunares son mi vida.
-Está bien querido solo vuelve para la cena –dijo Cleo abrazando a su marido por el cuello.
El geólogo se dirigió al guarda naves, se puso su traje espacial, tomó sus herramientas  y sacó la moto-cohete. Se despidió de su esposa levantando las cejas tras el casco protector.
Se fue a toda velocidad en dirección hacia Los Apeninos. En la visera del casco se reflejaba el sol enfocando un rayo luminoso, el  paisaje se hacía cada vez más bello mientras avanzaba, la brillantes de la superficie lunar lo enceguecía.
Cuando llegó a la montaña, se deslizó hacia una planicie alta y rocosa, había  millares de  piedras blanquecinas entre el polvo delgado de asteroides. Las piedrecillas se mesclaban con arena plomiza. En un extremo de la cadena montañosa se podía vislumbrar una cueva forjada de forma natural y una entrada pedregosa.
Afrodakis sintió mucha curiosidad por aquella cueva que divisaba desde lejos y pensó: “¡Que buen lugar para investigar!”.  Se bajó de la moto-cohete y comenzó a escalar hacia la entrada de la cueva, estaba polvorienta y corrían ráfagas de viento; prendió su linterna entre las húmedas rocas mientras hablaba para sí mismo: “¡Que belleza arqueológica más impresionante!” Se sintió emocionado y con satisfacción de haber explorado nuevos parajes–. Se dió cuenta que en las paredes del túnel habían diminutos dibujos arqueológicos como jeroglíficos egipcios –pensó–, luego unas rocas llamo su atención, nunca había visto algo así, la roca tenía un aspecto ovalado seméjate a un huevo, que era, en cierto sentido muy extraño; ¿Qué haría  una roca así en la luna? ¿Por qué este parecido a un antiguo y prehistórico huevo terrícola? Decidió no seguir explorando pues la noche lunar es muy fría, baja la temperatura intempestivamente y quedar en las a sombras podría ser muy peligroso. Guardo la roca en su bolso de herramientas y comenzó a descender de la montaña. Se subió en la moto-cohete y partió con rumbo a su hogar.

3

Un huevecillo

-¡Hola mi amor, he llegado! –dijo Cristian Afrodakis con una voz tenue y baja como si ocultara algo.
-No tardaste tanto. La cena ya está lista. Hoy preparé pescado, fui al almacén de los “Giorgatos” y compre el más fresco que hallé. Los contenedores de abastecimiento ya están disponibles…he pensado en preparar un guiso…pero… –Cristian la interrumpió con beso y se sentó en la silla multiuso. 
-¡Cuéntame! ¿Encontraste alguna cosa nueva en tu exploración? –dijo Cleo mientras servía el pescado.
-¡No! En realidad ¡Sí!, es que… –titubeó por un segundo desorientado –, ¡está bien!, he encontrado algo muy distinto, es una piedra extraña ovalada en forma de huevo.
-¿Un huevecillo? ¿Y de qué forma, tamaño, color? ¿Cómo es?
-Es del tamaño de una pelota de rugby, blanco o plomo y está cubierto por una extraña capa fosilizada. Se parece a un huevecillo de dinosaurio, pero ambos sabemos que eso es imposible. Aquellos se extinguieron hace sesenta y cinco millones de años, mucho antes de la colonización lunar.
-¿Qué son los Dinosaurios Papá? –preguntó Demetrio sin entender la conversación de sus padres.
-Son un grupo de Reptiles que aparecieron durante el periodo Triásico pero que después se extinguieron por la caída de un asteroide –bueno si, en teoría–, en la Tierra se hablaban mucho de ellos y la ciencia trato muchas veces de imitar su instinto para cazar y devorar especies inferiores, pero nunca se obtuvo tal resultado.
-¡Yo quiero un Dinosaurio Papi! –dijo el niño con un trozo de pescado en su boca.
-¿Y qué harás con el huevecillo? –preguntó Cleo mientras se limpiaba la boca del niño con delicadeza femenina.
-Lo encapsulé. Aún está húmedo, estoy seguro que debe haber agua en esa cueva.  Lo dejé en el laboratorio para examinarlo y hacerle las pruebas pertinentes, debo asegurarme de que se encuentre en buenas condiciones, eso sería lo más apropiado por el momento.
-¿Informaras a Galilea “Tierra”? Puede ser peligroso tener eso en casa –dijo Cleo esperando un “Sí”  de respuesta.
-No lo creo amor, debo estar seguro, prefiero trabajar por la mañana, hacer todos los análisis de rigor e informar a la Tierra los resultados cuando llegue el momento.
Cleo miró a su esposo sin hacer ningún comentario, mientras preparaba el postre y lo sirvió tiernamente en la mesa.

4

EL NACIMIENTO

Un rayo de sol entró por la ventana de la habitación y le dió justo en los ojos de Afrodakis mientras dormía en su cama. Se levantó de golpe y recordó aquello que había encontrado en Los Apeninos. Fue hacia el laboratorio y sacó el huevecillo de la cápsula, se veía en buenas condiciones, lo saco y lo puso en una mesa quirúrgica, prendió su ordenador y comenzó el análisis químico.
-¡Computadora! Espero resultados
La máquina comenzó a trabajar velozmente mientras las manos mecanizadas manipulaban el huevecillo en sumo cuidado
-¡Computadora! Entregue informe solicitado: Ya es efectivo señor, existe un ser viviente dentro del huevecillo con características Pre-históricas, o más bien, de la pre-historia de los terrícolas.
-¿Qué? ¿Está segura computadora? –exclamó conmocionado.
-Sí señor, así lo muestra los análisis.
-¿Cuál es el protocolo o procedimiento a seguir en estos casos?
-Es necesario comprobar la viabilidad del huevo, señor.
-Tiempo estimado de nacimiento, quince días Señor.
Afrodakis trató de mantener la calma con el asunto del huevecillo, por lo tanto, estimó que no sería necesario dar aviso a la tierra hasta tener certeza del nacimiento de la criatura.
Pasaron los quince días  y el huevecillo estaba preparado para nacer, Afrodakis estaba entusiasmado con la idea de tener una mascota en la casa aunque fuera un poco diferente a lo que recordaba en la tierra. Llamó a toda la familia para que presenciaran el suceso en el laboratorio.
-¡Vengan todos está a punto de nacer! –Dijo Cristian con un entusiasmo que solo un niño podía comprender.
Entre  las cascaras de huevo se dejaba ver una criatura de color blanco con el cuello alargado y muy fino, tenía dos patas delanteras y una trasera, una cola alargada, ojos negros saltones, boca pequeña y nariz redonda.
-¡Mira mamá! Qué bello es…es un poco blanco. ¿No lo crees? –Dijo el pequeño con sus ojos de huevo fritos.
-Es una especie muy parecida a los que se extinguieron hace miles de años en la tierra, solo que este es gracioso y tiene tres patas –agregó Afrodakis mientras observaba una cascara de huevo con su lupa.
El dinosaurio comenzó a abrir  y cerrar sus pequeños ojos  a una velocidad impresionante, casi fotográficamente  y  se alimentaba de pescado o pollo frito, o cualquier desecho sobrante,  que podía hallar en su cápsula; A estas alturas ya se encontraba gozando de la hospitalidad de la familia, podía respirar perfectamente y  Afrodakis pensaba que, en el futuro,  podría transformarse en un experto guía sabueso para sus investigaciones.
-¿Y qué es lo que comerá esta criatura? –preguntó Cleo un poco confundida.
-No lo sé. Pero hasta el momento ha comido todo lo que encuentre –contestó el geólogo con una sonrisa en sus labios.
-¡Papá! Y ¿Cómo se llamará el Dinosaurio? –Preguntó el niño.
-no se me ocurre ningún nombre entretenido hijo, a juzgar por esta rara especie, creo que por el momento lo llamaremos Dinolú, el primer dinosaurio nacido en la luna.
-Me gusta ese nombre –Agregó Cleo–, es tan pálido, parece un fantasma, tiene su hocico algodonado.    
Paso el tiempo y el dinosaurio comenzó a crecer, su rostro estaba más desarrollado y evocaba una sonrisa que se confundía entre la boca y su nariz, podía dar grandes saltos con su pata trasera y corría con las delanteras como un fugaz trípode.
-¡Papá! Mira, Dinolú  está saltando –dijo Demetrio–, al parecer ya tiene fuerza en las patas y son tremendas –masculló el niño mientras acariciaba al dinosaurio.
-Mañana lo llevaremos de expedición. Es hora de probar a este nuevo sabueso planetario. Iremos juntos Demetrio, tendrás la oportunidad de conocer “Los Apeninos” el lugar de donde proviene Dinolú. –señaló el Afrodakis muy emocionado.
¡No será peligroso para el niño! –agregó Cleo un poco sorprendida por la decisión de su marido.
-No cariño, nuestro hijo ya está grande. Es hora de que se familiarice con la montaña y la exploración. Cuando grande será un gran Geólogo Lunar, además, es bueno que de interactué con nuestra mascota y conozca sus virtudes. Se llevaran bien, ya puedo sentirlo. –dijo el padre orgulloso mientras acariciaba  el frondoso cabello de su hijo.

5

GRANITÓN

Al día siguiente Afrodakis y Demetrio se levantaron muy emocionados, partieron al guarda-coches, y encendieron la Moto-Cohete más grande que encontraron; tenía dos cómodos asientos y un micro-carro adherido donde  el dinosaurio se subió de un brinco. Cleo les entrego una bolsa de papel con emparedados para el almuerzo del día y partieron rumbo a “Los Apeninos” La amorosa madre beso a su esposo e hijo y acarició a Dinolú  por su lomo.
-¡Que tengan un buen viaje! ¡Mucho cuidado! –dijo Cleo entre el ruido de la Moto-Cohete. Alejándose rápidamente.
Cuando llegaron a la montaña, subieron caminando hasta la cueva pedregosa donde Afrodakis encontró al dinosaurio. Una vez en la cueva tomaron un descanso.
-¡Mira papá! Que bellos dibujos –exclamó el niño asombrados.
-¡Son una especie de jeroglíficos! De alguna época antigua –murmuró Afrodakis –, es muy  probable que estas ruinas lunares fueron habitadas por seres extraterrestres, quizás alguna raza alienígena que ya conocía a los dinosaurios antes de la era terrícola.
-¡Oh! ¡huauuu! –rezongó el niño –. ¡         Sorprendente! ¿Podremos saber de dónde viene Dinolú papá?
-¡La verdad! No lo sé, hijo. Por eso estamos acá, para conseguir algunas respuestas.
El padre y su hijo caminaron por el interior de la grandiosa montaña hasta llegar a un alto bloque de piedra color calipso.
-¡Que enorme! –Susurró Demetrio –, quizás podamos moverla.
-Lo intentaré –dijo Afrodakis removiendo el colosal bloque con su picota galáctica.
Una luz rutilante empezó a salir por los bordes del alto bloque de piedra, seguido de un viento que soplaba generosamente por la entrada rocosa de la enorme puerta. La luz se apagó lentamente, dejando ver un enorme símbolo en forma de trípode. Afrodakis tomó de la mano al niño y entró por el umbral de piedra calipsa. Dinolú los siguió emocionado mientras saltaba con su pata trasera. Delante de sus ojos se avizoraba un frondoso bosque de ancianos arboles de piedra, sus filosas ramas caían por la gravedad en forma de círculos que giraban con el viento. Los arboles brillaban en diferentes colores, sus tonos violáceos, amarillos y purpurinos resplandecían alternadamente como notas musicales.
-¡Mira papá! Es hermoso, ¿Cómo es posible que existan tan bello lugar en las profundidades de la luna? –dijo el niño asombrado.
-Tampoco lo puedo creer hijo mío. Lo reconozco, estoy tan sorprendido como tú. –tartamudeó Afrodakis con la boca abierta de asombro. Mientras Dinolú se acomodaba debajo de los pies del geólogo; extrañamente reía de felicidad y ansiedad. Movió su cola de un lado para el otro, luego se acicaló con sus patas delanteras.
De pronto un silbido extraño y denso, seguido de un temblor que azotó los pies de los visitantes. Unas pisadas gigantescas se escuchó hacia lo lejos; pero el sonido tumbó cada vez más cerca de los excursionistas lunares; éstos de detuvieron y se miraron con detención:
-Papá. ¡Escuchas eso! Son pisadas. Y vienen hacia nosotros, proviene desde el bosque de piedra. –dijo Demetrio.
Afrodakis protegió a su hijo y ordenó al Dinosaurio quedarse quieto.
-¡Mira es un hombre de Piedra! –dijo Afrodakis emocionado y asustado a la vez.
- Cof cof cof ¿Quién anda ahí? –dijo el coloso gigante de piedra caliza.  
Afrodakis no quería asomarse, pero el dinosaurio corrió hacia el hombre de piedra con extraña familiaridad. El niño salió detrás de él sin que el padre pudiera reaccionar.
-¡Somos visitantes! Venimos de la superficie.  Buscamos  el hogar de Dinolú, nuestra mascota lunar,  ¿Quién eres tú? –Preguntó el niño con curiosidad – ¿Puedes ayudarnos?
-Yo soy Granitón, guardián del bosque de “La tranquilidad” –contestó el gigante en  una sólida sonrisa,  moviendo sus labios de piedra de un lado para el otro.
-¡Oh! –exclamó Granitón–, ya he visto esta especie de mascota en el bosque de ancianos, eran cientos de dinosaurios juguetones. –habló el coloso.
-¿De dónde provienen los dinosaurios trípodes? –preguntó Afrodakis con asombro.
De  los viejos cimientos del castillo de KAN –aseveró el hombre de piedra –, bueno, por lo menos los que quedan. En la antigüedad la luna estaba habitada por cientos de dinosaurios trípodes, pero lamentablemente un meteorito calló y destruyó todo a su paso. Solo sobrevivieron unos pocos. Y desde entonces se refugiaron  en el interior de la luna, crearon una gran fortaleza para su protección, en la “Boca” de Los Apeninos.
-¿Y cómo podemos hallar ese Castillo? –preguntó Demetrio.
-Beben cruzar el bosque de “La Tranquilidad”, al final  encontraran un gran bloque de oro vigilado por el poderoso  y sabio Selemín. –dijo el gigante rocoso mientras  devoraba un alargado arbusto de fino granito.
-¿Quién es  ese sabio y poderoso vigilante? –inquirió Afrodakis.
-¡No lo puedo revelar! –Cada guardián vigila su propio umbral en la Boca de Los Apeninos –, tendrán que llegar a él y  sabrán a qué me refiero, queridos visitantes de la superficie. –habló el hombre de piedra con voz estridente, mientras se frotaba la panza con sus graníticas manos de roca lunar.
Dinolú aulló hacia el gigante con un sonido largo y agudo, el aullido se expandió en el frondoso bosque de La Tranquilidad; las ondas sonoras de Dinolú produjo un cambio en las tonalidades violáceos, amarillos y purpurinos de los ancianos árboles; luego, tarareó un silbido melodioso y mágico que llenó  de gozo al gran hombre de piedra, éste lo tomó con su poderosa mano granítica, lo dejo en su palma de roca, mientras el dinosaurio saltaba con su fuerte pata trasera  y aullaba  graciosamente con su redondo hocico.

6

LOS GUSARAPOS

 ¿Cuánto más faltará? Padre. ¡Estoy exhausto! –dijo el niño acomodando su casco y botas espacial.
¡No lo sé! Hijo mío. Espero que falte poco. –respondió Afrodakis mientras Dinolú devoraba pequeños frutos que se desprendían de las raíces coloreadas de los ancianos arboles de granito.
-¿Qué está comiendo papá?  -preguntó curiosamente el niño.
-Son frutos de norita, veras, cuando comenzó la colonización se encontraron muchas de estas semillas en la superficie lunar, luego desaparecieron sin explicación alguna.
-¿Será posibles comerlas? –agregó Demetrio
-¡Si, claro que sí! Los primeros colonos se alimentaban de estas semillas.
Padre e hijo se pusieron en cuclillas y junto a su mascota comenzaron a demorar las vastas semillas una por una hasta quedar rechonchos de tantas noritas, Dinolú hecho sus patas y mostró su barriga de globo. Los visitantes descansaron por un rato a orillas de un hermoso árbol de piedra granita de color violeta, y poco a poco sus ojos se cerraron… el tiempo pasó…
- ¿Quiénes son ustedes? –preguntó una voz que despertó a los visitantes de sopetón.
-¿Quién anda ahí? –respondió Afrodakis asustado.
Se escuchan pequeños alaridos como si unas criaturas grandes y gordas se arrastraran y escondieran detrás de los árboles de granito con gran agilidad.
-¡Somos los Gusarapos! –rieron las criaturas con soltura, mientras brillaba su pelaje amarillo.
Detrás de los árboles se asomaron  dos orugas del porte de un camello terrestre, con enormes y expresivos ojos verdes redondos. Los Gusarapos se acercaron a los visitantes lentamente, arrastrando su hermoso pelaje amarillo miel.   
¡Huauuu! –Exclamó el niño–, son orugas lunares, pensé que solo existían en los cuentos que lee mi mamá.
¡Es increíble! –Murmuró Afrodakis.
-¡Fuimos enviados por Granitón! –Dijeron los Gusarapos al mismo tiempo, luego rieron a carcajadas –para su traslado y protección hacia el portal de Selenín.
Dinolú frotó su blanco lomo en el amarillento pelaje de los Gusarapos, en señal de confianza.
-¿Cuánto nos queda para traspasar el Bosque de la Tranquilidad y llegar al segundo portal? –preguntó Afrodakis con impaciencia. Esperando que los Gusarapos tuvieran buenas noticias.
-Son solo tres kilómetros más –respondieron los Gusarapos al unísono -, pero debemos cruzar “El mar de las Crisis” un lugar desolado donde habitan extrañas bestias de ultratumba lunar.
-¡El mar de las Crisis! –pronunció el niño mientras tragaba saliva.
-¡Sí!–refunfuño un Gusarapo –, pero no se preocupen visitantes…, está todo bajo control, somos orugas de tierra y de agua, en ocasiones merodeamos la superficie lunar; así que…estaremos bien, solo permanezcamos unidos. –dijo el segundo Gusarapo.

Los Gusarapos se acercaron a los visitantes lentamente y se inclinaron para que Afrodakis y el niño los pudiera montar su pelaje, Dinolú brinco sobre el cuello de un Gusarapo colgándose fofamente. El pelaje de los Gusarapos se adhería firmemente a la piel de los visitantes dando un aspecto frondoso y acolchonado que generaba bastante comodidad y acilo a los excursionistas. Los Gusarapos muy risueños se sintieron agradados con sus nuevos amigos.
¡Muy bien muchachos! –Gritaron  los Gusarapos al mismos tiempo -, es hora de partir. ¡Agárrense firmemente! Que ya nos vamos.
Las graciosas orugas no tardaron en tomar velocidad, el cabellos de Demetrio serpenteaba dentro de su casco especial, los ojos de Afrodakis parecían más redondos de la impresión y el rostro de Dinolú se redondeaba con el viento como un mono de nieve; a pesar del aspecto rechoncho de los Gusarapos eran unas orugas muy agiles y fuertes.
-¿A qué velocidad vamos?  -preguntó Afrodakis
-A la velocidad del rayo –contestaron las orugas simultáneamente.
-¿Es eso posible o estaré loco? –se cuestionó Afrodakis
-ósea, eso es 140.ooo mil kilómetros por segundo, ¿La mitad de la velocidad de la luz? –analizó el geólogo asombrado por la potencia de los Gusarapos.      
-¡Excelente  viaje amigos! Hemos llegado, solo tardamos tres segundos. –exclamó la oruga mayor.
-¡Muy bien! Es un nuevo record. Solo un segundo por cada kilómetro. –agregó la oruga menor.
Los Gusarapos se miraron fijamente y después explotaron en una risa jolgoriosa hasta caer las lágrimas. Los visitantes no tardaron en contagiarse con la simpatía de las orugas y rieron apretando el vientre con sus manos, Dinolú se paró en su pata trasera y dio varios brincos en el peludo contorno de las orugas.
-¡Ah! ¡Qué risa que me da!, Bueno, creo que hemos llegado, enfrente de ustedes está “El mar de las Crisis” –dijo el Gusarapo mayor con un leve temor en sus grandes y redondos ojos verdes.
Los visitantes estaban a la orilla del mar, negruzco y misterioso, en el horizonte un cielo violáceo y rojizo con nubes algodonadas y  anaranjadas; extrañas aves se zambullían en el agua atrapando unos pececillos triangulares y cuadrados; y en la playa, se escuchaba el tronar de tenebrosos sonidos que provenían de inimaginables animales y especies innombrables de las profundidades. Los Gusarapos y los visitantes se cobijaron mutuamente, mientas un escalofrío subía súbitamente por sus pies. Afrodakis abrazó a Demetrio y Dinolú pronuncio un sonido penoso, como el llanto de un cachorro.  Las orugas encallaron en la misteriosa playa.

7

EL MAR DE LAS CRISIS

-¡Bueno muchachos! Que el miedo no nos detenga, ya estamos aquí –dijo la oruga menor mostrando sus dientes con una risa nerviosa.
¿Es el único camino que existe? –preguntó Demetrio afligido.
-Mmm. Me temo que sí, desde que dejamos de habitar la superficie, solo nos queda este camino hacia el castillo de KAN. –dijo la oruga con un poco de aflicción
-Y, ¿Por qué le llaman el mar de las crisis? –inquirió Afrodakis.
-Porque sus aguas oculta la hostilidad de la luna, aquí es el único lugar donde aún perdura la agonía de las criaturas que escaparon del meteorito.
-¡Esperemos que algún día encuentren la calma! –sollozó la oruga mayor.
Los gusarapos se sumergieron en las aguas de las crisis, y se inflaron como dos flotadores de plástico. Su pelaje se hizo más abundante e impermeable, las orugas estiraron sus patas o pseudopatas de forma vertical, las cuales comenzaron a dar vueltas de forma circular; tal como las hélices de un helicóptero. Sus graciosas patas generaban propulsión en las aguas.
-¡Ok! ¡Muchachos! Es hora de subir, debemos llegar del otro lado, a las puertas del príncipe Selenín. –exclamaron las orugas con gran entusiasmo.
Afrodakis y el niño se montaron en la oruga menor, Dinolú se zambulló en la profundidad del mar y saltó como un cohete haciendo una divertida pirueta en el aire, luego se deslizó con rapidez por el dorso del gusarapo mayor.
Los gusarapos emprendieron su viaje, junto a sus peculiares visitantes excursionistas de las superficies. Los pececillos triangulares y cuadrados daban pequeños saltos alrededor de los gusarapos mientras navegaban, algunos saltaban tan alto que Dinolú los agarraba con su hocico, luego los liberaba sin hacerle daño.  
-¡Que bellos pececillos papá! –Dijo el niño –, me gusta su forma geométrica. ¡Mira! Son cientos, ¿O quizás miles? ¿De dónde vendrán?
Los excursionistas miraron las profundidades del mar.
-¡Mmm. Grandioso!  Parece que proviene de aquellas rocas, en las profundidades. –Agregó Afrodakis.
-¡Pero, Papá! ¿Qué rayos es eso? ¡Santas Galaxias! Hay algo en el mar, algo se está asomando. –dijo Demetrio sorprendido.
Los excursionistas y los gusarapos quedaron en suspenso por un momento…, de las profundidades emergió una colosal cabeza de forma elíptica con una punta membranosa, parecida a los calamares terrícolas; que alzó sus tentáculos hacia el cielo dejando en claro a sus visitantes su presencia.
-¡Quien se ha atrevido a invadir mis aguas! ¡Hablen insectos! –exclamó el calamar   geométrico mientras tragaba pececillos triangulares.
-¡Somos amigables! Vamos a las puertas de Selenín –contestaron los gusarapos asustados.
-Todo aquel que vaya a las puestas de Selenín, es mi enemigo –replicó el calamar – solo yo navego por estas aguas. Ahora ustedes, serán mi cena. –se rio tétricamente el calamar geométrico mientras alzaba su aberrante y colorida cola hacia los visitante, como un gran martillo.
-¡Oh, oh! Creo que es hora de nadar, este gigantón se enojó. –corearon los gusarapos con impaciencia. Sus graciosas patas de hélice giraron más deprisa.
-Muy bien. ¡Afírmense! Debemos escapar. Nos sumergiremos en un instante –ordenaron los gusarapos.
Los visitantes activaron su casco espacial a modo inmersión y se adhirieron firmemente al pelaje de los gusarapos; una vez zambullidos se percataron que Dinolú era un gran nadador y detrás de sus patas delanteras se desprendieron unas preciosas y trasparentes branquias color celeste, esté parecía sonreír mientras se sumergía abrazado al gusarapo.  Las orugas nadaban con gran precaución. Mientras el calamar geométrico los perseguía por las aguas con el firme propósito de devorarlos. El calamar se daba impulso con sus enromes tentáculos en las oscuras y gelatinadas aguas.
¡Allí! –Señaló el gusarapo menor –hay una cueva, escondámonos. ¡Pronto!
Los gusarapos atravesaron la cueva rápidamente, y de pronto, una enorme boca con diminutos filamentos intento atraparlos. Pero los tentáculos del poderoso calamar geométrico se enredaron en la cueva de rocas submarinas.
-¡Ufff! ¡Rayos! Estuvo cerca, creo que lo dejamos atrás. –dijo el gusarapo mayor.
-¡Qué gran boca tenía ese cetáceo! –agregó Afrodakis.
Los gusarapos nadaron hacia la superficie.
¡Oh! Que grandes tentáculos papá. ¿Y Dinolú? –preguntó el niño buscando por rededor con su mirada.
Dinolú salió del agua como un fugaz petardo, y se montó en el gusarapo menor.
¡Aquí estas! –Exclamó el niño aliviado –, ya había olvidado que eres un excelente nadador, y muy vivaz.
Los gusarapos siguieron el rumbo definido fuera de todo peligro. Las aguas poco a poco se calmaron y se tornaron en una diáfana transparente salinidad, los pececillos triangulares y cuadrados comenzaron aparecer nuevamente por doquier, y en infinitos colores danzaban en la superficie del mar y en la quietud del aire. En el horizonte cercano ya se podía avistar el magnífico portalón dorado del príncipe Selenín. Hermosas  y coloridas aves geométricas de múltiples formas rodeaban toda la playa dando la bienvenida a los visitantes.
   
8

EL PRÍNCIPE SELENÍN

Cuando llegaron a la orilla de la playa, los gusarapos se desplegaron y los visitantes descendieron de sus frondosos lomos, comenzaron a sacudirse para desprenderse del agua y de las algas enredadas en su pelaje amarillo miel, con sus lenguas apaisadas lamian sus pequeñas y filamentosas  patas de oruga lunar. Los visitantes fueron recibidos por una horda de aves geométricas multicolores que cantaban hacia el cielo; Dinolú se entusiasmó y contó junto a las aves en un bello concierto de melodías ancestrales.
Los visitantes y los gusarapos de acercaron al gran portalón dorado.
-¡Vaya! Es sorprendentemente hermoso –dijo Afrodakis –, tal como en la tierra, habían  muchas culturas  que utilizaban el oro,  pero nunca encontré en los libros antiguos algo  sin igual.
-¿Qué es el oro papa? –preguntó el niño.
-Es un antiguo metal de las civilizaciones terrícolas ancestrales, fue utilizado durante un tiempo como intercambio por algo que llamaban “Dinero”, luego desapareció. Es increíble que esto esté aquí en la luna –dijo el científico emocionado.
-¡Bueno! ¡Heee! ¿Alguien sabe cómo abrir este enorme portalón?  -murmuró Demetrio.
Los gusarapos se miraron desconcertados. Dinolú se acercó al portalón y comenzó  a cantar una tranquilizadora melodía.
-¡Oh! Está dando resultado. ¡Sigue Dinolú!, no te detengas, las puertas están abriendo. –gritó Demetrio emocionado mientras abrazaba al dinosaurio.
Afrodakis observaba todo con su boca abierta, y los gusarapos jadeaban con la lengua afuera. Una luz rutilante se asomó por los contornos de la puerta. Los visitantes entraron por el portalón curiosamente. Un palacio de mármol afloró delante de sus ojos, en sus extremos había grandes pilares de oro y piedra granita; múltiples estatuas  de piedra caliza se posaban en sus altares como gárgolas góticas; y en el centro del palacio, había un enorme sitial de oro y rocas lunares, en ella estaba sentado el gran Selenín, un gigante selenita de  ojos rojos ovoideo y un delgado cuerpo gris; llevaba una capa aterciopelada y una corona de oro y granito. Selenín se levantó de su trono y les dijo:
-¡bienvenidos queridos excursionistas de la superficie! He estado esperando vuestra llegada. Un gusarapo mensajero del gran Granitón me ha avisado su espléndida aventura por el mar de las crisis, y veo que han tenido éxito escapando del calamar geométrico, estoy muy sorprendido de la hidalguía del pequeño dinosaurio trípode,  que con su canto ha dado paso a vuestras visitas por las enormes puertas de mi palacio.
Los  visitantes hicieron una reverencia delante de los pies del gran Selenín, los gusarapos agacharon su rechoncha cabeza tiernamente en señal de respeto.
-hemos venido de la superficie su alteza –dijo Demetrio –,  de un lugar llamado “Los Apeninos” he venido con mi padre y con Dinolú…
-¡Los Apeninos! Dices pequeño terrícola –interrumpió Selenín –, recuerdo muy bien ese lugar, es allí donde cayó el cometa.
-¡Así es! –Agregó Afrodakis –, los terrícolas lo llamamos así, en aquel lugar encontré el huevecillo, que después resultó ser Dinolú.
¡Mmm! Así que este es Dinolú. Hace muchos años que no veía un dinosaurio trípode como este, ¿Me permiten observarlo? –dijo Selenín con un tono solemne.
-sí, claro que sí –respondió Afrodakis.
Selenín se levantó de su trono y se acercó a los visitantes, los gusarapos retrocedieron deslizando su rechoncho pelaje; el gigante selenita agacho su alargado cuerpo y observó a Dinolú de costado; el dinosaurio sonrió y se acicaló con sus patas. Selenín extendió su gigante y alargada mano y Dinolú no tardo en brincar sobre su palma y hacer piruetas en el aire. Selenín quedó mirando al dinosaurio mientras pensaba…
-¡Mmm! Me temo que este dinosaurio pertenece a la realeza del castillo de KAN, allí se concentran un gran número de este ejemplar.
-¡Oh! ¿Qué? Entonces… ¿Dinolú es un rey? –preguntó emocionado el niño.
¡No lo sé exactamente! Pero él pudo abrir el portal de oro con su canto, y solo los antiguos dinosaurios trípodes tenían dominio con su canto. –agregó Selenín mientras bajaba al dinosaurio con su mano.
-Entonces su alteza… ¿hay más dinosaurios como Dinolú en el castillo de KAN? –intuyó Afrodakis convencido de la hazaña.
-¡Así es! Mis queridos y pequeños visitantes, pero para ellos deberán abrir el gran pórtico de KAN y rescatar a los dinosaurios, están allí refugiados desde que cayó el meteorito en la superficie, es hora de liberarlos; pero yo, ya estoy muy viejo, y soy el último de los selenitas gigantes, mi tiempo ya se termina; he sido muy feliz reinando en el interior de la luna, sé que mis antepasados volverán en algún momento de otro planeta y quiero que cuando vuelvan encuentren la luna como era antes, con estos maravilloso dinosaurio trípodes y los fieles y graciosos gusarapos habitando en la superficie –dijo Selenín con sus brillantes y rojos ojos cristalizados.
Los visitantes y los gusarapos se abrazaron mientras escuchaban las palabras de Selenín. Dinolú aulló tristemente como un cachorro pidiendo cariño.
-¿Y cómo podremos llegar al castillo de KAN, y liberar a los Dinosaurios? –preguntó Afrodakis.
El gigante selenita estiró su alargado cuello y sacó una llave que pendía centellas de oro y de fragor.
-¡Con esto! –Dijo Selenín –, con la llave de los sueños, la he guardado por siglos, esperando el momento para liberar a mis amigos, ahora es el momento, por fin podré descansar en paz.
Selenín colgó la llave en el cuello de Dinolú  suavemente.
-¡Ahora acompáñenme! El tiempo apremia. Los llevare el portal del castillo de KAN –insistió Selenín enfáticamente.
Los visitantes siguieron al gigante por los pasillos de palacios, hasta llegar a un gran pórtico de cristal y diamantes petrificados. Selenín apunto con su dedo y explicó:
-Detrás de este pórtico se encuentra el camino hacia el castillo de KAN, solo deben llegar hasta el final del pasillo y encontraran el panteón de las nuevas almas lunares, deben abrirlo con la llave de los sueños, como verán, por su pequeño tamaño, solo ustedes podrán hacerlo; estoy muy agradecido mis queridos visitantes, les deseo buena suerte. –dijo Selenín con gran elocuencia mientras se despedía de los excursionistas.
Dinolú llevaba la llave de los sueños muy dichoso en su cuello, los excursionistas y los gusarapos traspasaron el pórtico de cristal, y caminaron por el pasadizo de las nuevas almas, al llegar al final del corredor Dinolú tomó la llave de los sueños con su hocico y abrió el panteón.
Cuando traspasaron la puerta los sorprendió una enceguecedora luz que les dio en la cara, poco a poco se fue apagando, dejando ver un hermoso castillo de piedra granita en el horizonte, los dinosaurios y gusarapos estaban por doquier, Dinolú corrió hacia una pareja de dinosaurios que bebían en un lago fosforescente y se abrazaron cariñosamente.
-¡Papá! Creo que ellos son su familia –dijo el niño dichosamente.
-¡Es sorprendente! Hijo mío, hemos liberado a estos dinosaurios, tu madre estará muy orgullosa de ti.
Los gusarapos se unieron y comenzaron a danzar alrededor de los dinosaurios. Dinolú cantó una hermosa melodía al unisonó junto a cientos de dinosaurios trípodes. Y todos juntos comenzaron a caminar hacia la superficie lunar de “Los Apeninos” La hora de volver había comenzado.                                           
                                                                           FIN
                                                                          
     GTF.



             



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